Imitación del hombre – Ferran Toutain

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No iba por mal camino H. G. Wells cuando escribió El hombre invisible y despojó al científico Jack Griffin de todos los atributos visibles que conformaban su identidad. La «monocaína» fue la causante de su transparencia y lo dejó al amparo de una sociedad que no tolera –ni sigue tolerando– la invisibilidad. Parecerse a alguien es un buen refugio, máxime cuando ese alguien hace alarde de una identidad bien perfilada lista para la ovación. Pero, ¿quién es ese alguien?, ¿a quién se le parece?, y ¿qué refugios elige para dar cobijo? Imitación del hombre de Ferran Toutain actualiza el estado de la cuestión ya planteada desde los clásicos y le da una vuelta más de tuerca. Quizás no baste para desmontar la máquina del absurdo, pero la hará temblar.

Imitación del hombre aborda uno de los misterios más preocupantes de la especie humana. ¿Quiénes somos en realidad? Ferran Toutain toma el testigo de maestros del pensamiento universal no para desenmascarar al hombre, sino para cubrirlo con todas las caretas que nuestra desgastada posmodernidad ha ido fabricando en serie para venderlas en ferias itinerantes. Platón, Aristóteles, Séneca, Gombrowicz, Heiddegger, Rousseau, Montaigne, Nietzsche, Ortega y Gasset, Chamfort, Chateaubriand, Gabriel Tarde y un elenco imprescindible de indagadores de ese «yo» inaprehensible regresan con todo el peso de sus reflexiones para servir de apoyo a un ensayo que se sale de la cadena industrial del pensamiento.

Costras de sociedad en los ultracuerpos

«De un modo u otro todos hemos venido a este mundo a hacer el ridículo», confiesa Ferran Toutain al final del prefacio del libro. Sea del modo que sea, al hombre no parece gustarle la idea de ser él mismo. Vive en un estado de alteridad constante, buscándose en el otro y apropiándose de sus atributos, algo tan terrorífico como La invasión de los ladrones de cuerpos de Jack Finney –llevada magistralmente al cine por Don Siegel–. Quizás en el fondo subyace el temor a ser reconocido en ese ridículo existencial, y cuya única salida posible parece ser precisamente la «no–salida». Permanecer en el refugio de un grupo elegido casi siempre al azar, por proximidad o conveniencia, y ponerse a salvo de esa opinión pública que protege a sus distintas facciones de afiliados, pero que condena a los sujetos inclasificables o discordantes.

Cuando se lee Imitación del hombre no se puede evitar imaginarse a Toutain rascando con una uña cada una de las capas que esconden la identidad del hombre y el sentido de su vida. Costras engrosadas por ideologías, profesiones, mitomanías, devociones, intentos fallidos de autenticidad, gremios o colectivos de cualquier tendencia que proporcione una piel que contenga al ser por muy fina que sea. Rascar y rascar hasta encontrar al individuo para descubrir que «al final detrás de la máscara no hay ninguna cara». La búsqueda de la identidad se asimila al lamido de un chupa chups, al final tan solo queda el palito que la sustenta y una lengua teñida por el colorante caramelizado. Y solo en algunas ocasiones se encuentra un chicle con el que hacer pompas y entretenerse un rato mientras se piensa en la próxima golosina que desgastar. Políticos, médicos, abogados, periodistas, vigilantes de seguridad, oficinistas, empleados de banca, agentes comerciales, todos son profesionales de un oficio laboral y psico-social. Todos consumiendo su agridulce y finita existencia con la misma rutina, parsimonia o ansiedad con la que un niño pasa su lengua por una caramelo. También lo dijo Gombrowicz: «No hay ningún ¨yo¨ externo al ¨yo¨ social». El hombre es un sujeto social ocasional, un imitador efímero. Nuestra identidad se sostiene en un palito. Pero, ¿de qué material está fabricado ese palito?

El arte como refugio anti-mediático

Cuando Fritz Lang afirmó que el cine «fue inventado en el momento preciso: cuando la gente estaba preparada para un arte de masas» no solo parecía anticiparse a una nueva forma de expresar la realidad a través de la cámara, sino que la estaba re-definiendo. Su obra maestra Metrópolis da buena muestra de ello. Fue precursor del devenir de una sociedad aglutinada. Toutain, sin embargo, aún anhela alguna posibilidad de encontrar un atisbo del identidad individual en el arte, lugar en el que el hombre parece no someterse a las leyes de la imitación social. La literatura, según el autor, es una forma de filosofía que aspira a la recomposición verbal del mundo. Y cita a Heidegger para el que poetizar es el dar nombre original a los dioses. La imaginación y la lucidez del sueño se convierten en una posibilidad. Parece haber esperanza si obviamos el radicalismo de Séneca que ve en el suicidio la vía más segura a la autenticidad. Algo que algunos fanáticos cumplen al pie de la letra cuando pierden la vida por una causa. Según Toutain, a veces ocurre que la imitación puede ser más potente que el instinto de supervivencia.

Lon Chaney, el actor de las mil caras, logró el mayor muestrario de gestos y de máscaras llevado a la gran pantalla. El mítico actor de personajes oscuros y marginados, monstruosos y reticentes a los espejos, pasó a la historia como un icono del star-system. Pero lo cierto es que, al igual que Shakespeare, logró representar las bondades y maldades de la condición humana a través de sus personajes trascendiendo su intención y vocación artística. Quizás ocurra que todo creador lleve dentro un sociólogo, filósofo o antropólogo como ocurre en la nómina de escritores mencionados en Imitación del hombre. Flaubert, Maupassant, Canetti, Erasmo de Rotterdam, Andrew Salomon, Goethe, Stendhal, Lippmann, Bergson, Eugenia Ginzburg, Borges, Cioran, Beauvoir, Orwell, Gide, Camus, Walter Benjamin, Benet… Referencias literarias que bien merecen la revisión y rescate del «Canon» para dar un empuje al fomento de la lectura no como, según Toutain, «celebración institucional, sino como cultivo de la cultura».

Prototipos industriales de reproducción humana

Toutain recurre a sus homólogos predecesores, que con tanta frustración y marginalidad intentaron extraer de la cantera del pensamiento materiales nobles con los que reconstruir la poca identidad que aún asomaba en el hombre. Los románticos lo intentaron adentrándose en frondosos bosques, buscando en la naturaleza una simbiosis que les devolviera su esencia amonestada. Sin embargo, el autor de Imitación del hombre parece mirar más a través de la lente de Rousseau, Goffman, Gabriel Tarde o Gombrowicz. El hombre solo existe socialmente, no hay ninguna cara tras la máscara parecen repetir al unísono como en un coro de voces atemporales. Ergo, lo único que existe y permanece son aquellos palitos que los sostienen y están hechos de pensamiento, ideologías, dogmas y todo tipo de materia prima –la mayor parte de las veces gris– para producir, en cantidades industriales, un prototipo de hombre que mantenga la supervivencia de la especie humana. Y la imitación es la manera más eficaz y productiva de conseguirlo.

El prototipo del hombre es el que más conviene. Groucho Marx lo tenía muy claro cuando confesó: «Estos son mis principio, si no le gustan tengo otros». La sociedad está repleta de moldes donde se van probando todos los modelos, en una suerte de prueba heurística de ensayo y error, para conseguir la réplica más identificativa del colectivo al que se quiere dominar. Ya lo anticipa Toutin al inicio del libro cuando se refiere a «la dialéctica de dominio y sumisión que impone el sistema de máscaras». El autor nos habla de los placeres de rebaño, de la cultura de la queja, de los imitadores de la autoridad moral, del autoelogio plural, del fanatismo de masas… Comportamientos, al fin y al cabo, que convierten al hombre en el mejor imitador de la estupidez. Y lo corrobora citando a Chamfort: «El ser humano está condenado a ser estúpido a menos que se tome la molestia de no serlo». Aunque si atendemos a Josep Pla: «Es más fácil creer que pensar», el cumplimiento de la condena está garantizado. La pereza parece ser el talón de Aquiles del pensamiento, y la pulsión atávica de imitar, el botón inherente al hombre que solo es necesario presionar. A veces tan solo basta con rozarlo.

Clonando monos como Becky

Cuando la cultura es puesta al servicio del pueblo por una ideología con ánimo de lucro, se convierte en un arma cargada de futuro –no el futuro versado por Celaya– sino aquel que extenderá el dominio de sus promotores. Chamfort decía que los colectivos humanos tienen por definición una naturaleza adherente. Bien los saben los estadistas de las corrientes de opinión, los diseñadores de la ideas públicas que saben cómo sorber la energía de los espíritus influenciables para crear al hombre masa, un espécimen que parece salido del laboratorio del increíble Hulk. El éxito está en lograr la hegemonía de una sola idea colectiva, sea política, social, religiosa o reivindicativa de cualquier índole. Todo vale, estamos instalados en la cultura de la queja. Y la mayoría está dispuesta a renunciar a su pensamiento individual en favor del reconocimiento social. Todo por la causa.

Toutain hace un repaso por diversas tendencias ideológicas impositivas e intransigentes que han perdido la facultad de dialogar, «palabras que no comunican sino que crean una acción». Es como si de pronto al hombre hubiera regresado a su versión simiesca. Las redes sociales y los medios de difusión informativa funcionan como laboratorios repletos de jaulas con Monos como Beckie – emulando el magnífico documental de Joaquín Jordá sobre la práctica de la lobotomía– donde se imita de manera hostil formas torturadas de una vanidad reptiliana. Idolatría, fanatismo, debilidad de carácter son los atributos a los que el autor de Imitación del hombre hace referencia cuando habla de la búsqueda de la identidad social correcta. Mimetismo inconsciente por identificación o empatía convertido en un fanatismo de masas cuyo fervor se invierte en política, espectáculos y deportes. Tal vez, llegados a este punto, nos convenga ingerir una buena dosis de «monocaina» para hacernos invisibles y dejar de reflejarnos en los cristales de los escaparates más populares. O si no, conformémonos con leer a pensadores como Toutain que logran raspar con sus uñas afiladas la capa argentada con la que se fabrican los espejos.

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