La simplicidad de la vida cristiana — Girolamo Savonarola

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Ensayo
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Filosofía
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Cristianismo
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Religión
9/10
Edición
9,5/10
Overall
9.1/10

La simplicidad de la vida cristiana — Girolamo Savonarola

La fe como fruto de la reflexión intelectual, que exige renunciar al fasto para valorar lo esencial, en el contexto de corrupción papal del Renacimiento.

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4.5/5

El profeta de los últimos tiempos

Mucho se habla del «Hombre del Renacimiento» como un arquetipo. El Renacimiento, en realidad, produjo varios tipos de hombres y mujeres que, de una u otra forma, desde trincheras no solo distintas sino contradictorias, abrieron la abrupta brecha hacia la modernidad. Incluso un personaje de reputación oscurantista como Girolamo Savonarola puede ser considerado no tanto un reformador como un incitador/precursor con respecto al cisma de la Iglesia Católica del siglo XVI que dio lugar a la denominada Reforma Protestante de Martin Lutero, permitiendo otras vertientes del cristianismo que desconocen la autoridad papal y determinan La Biblia como camino unívoco para la salvación de las almas. Es posible que, de haber coincidido sus pasos con los del teólogo agustino alemán, Savonarola no simpatizara plenamente con este, aunque mucho menos con los excesos en los entresijos de El Vaticano que, a diferencia de lo que se piensa, no comenzaron con los Borgia sino varios papados atrás. El primer papa contra el que el fraile dominico anotó su artillería pesada fue Inocencio VIII. Savonarola no dudó en referirse a él como «reencarnación del mismísimo diablo». Para cuando Alejandro VI (Rodrigo Borgia) ciñó la mitra papal, era habitual que los pontífices fueran padres de múltiples hijos bastardos, si bien el llamado Papa Borgia llevó esta práctica al grado de manipular políticamente a sus vástagos con la intención de hacer de El Vaticano un imperio personal.

Girolamo Maria Francesco Mateo Savonarola nació en Ferrara el 21 de septiembre de 1452 en el seno de una familia de alto linaje que, en su momento, fungieron como señores feudales de Mantua. Las costumbres de la época dictaban que los hijos de estas familias entregaran a alguno de sus hijos a la Iglesia para ejercer el sacerdocio, aunque, curiosamente, no parecía ser el destino de Girolamo, del que se pretendía fuera doctor como Michele Savonarola, su abuelo paterno, quien además de respetado autor de tratados médicos era un hombre de acendrada fe religiosa. Sería justo este rasgo, y no la vocación médica, lo que heredaría su nieto. Savonarola tenía también una fuerte inclinación por el estudio de la filosofía, sin imaginar que algún día cuestionaría, justamente a través de su libro La simplicidad de la vida cristiana, las enseñanzas de Sócrates y Aristóteles, quedándose con las de Santo Tomás Aquino. Terminaría ordenándose dominico y su popularidad inicial se debe a su rango como confesor de Lorenzo de Medici, mejor conocido como Lorenzo el Magnífico. Creador del concepto hoguera de las vanidades, que consistía en la quema pública de objetos licenciosos a la que eran convocados los ciudadanos de Florencia, siendo ejemplares de El Decameron, de Giovanni Boccaccio, los que con más frecuencia eran arrojados a las llamas. Es sabido, sin embargo, que esta verbena purificadora no impedía que el Señor de Florencia celebrara suntuosas bacanales en su palacio, ni que dejara de entregarse a placeres que incluían el aquilatamiento de exquisitas obras de arte que representaban escenas paganas o versiones sensuales de episodios bíblicos. Esto, a la larga, afectaría a la relación entre confesor y penitente pues Savonarola no tenía «talento» para la ceguera selectiva o la hipocresía, lo que a la larga le generaría graves problemas. A eso habría que sumarle que, si bien contaba con seguidores que lo consideraban «el profeta de los últimos tiempos», a la generalidad de refinados florentinos no les agradaba la rudeza de sus sermones. El mismo Maquiavelo gustaba de ridiculizarlo, no por sus ideas –su crítica contra la Iglesia era más que certera– sino por su impronta performativa. Sus nobles orígenes no lo salvarían de ser excomulgado por Alejandro VI. Recrudecería entonces la virulencia de sus arremetidas ante el púlpito, llegando al extremo de someterse a descabelladas pruebas para demostrar su santidad. Ante el endurecimiento de su postura anti-papal se le condenará a morir deshonrosamente a través del ahorcamiento para, posteriormente, ser incinerado. El Papa tuvo buen cuidado de que no quedara nada que los seguidores del profeta pudieran usar como reliquia.

Dante Alligheri condenó a los indiferentes al infierno. Savonarola era especialmente implacable con la indiferencia de los llamados fieles ante los crímenes de la iglesia. Su biografía, por tanto, oscila entre la hostilidad y la hagiografía. Jacob Burckhardt nos los presenta como un residuo reducto del medioevo, incapaz de adaptarse a la brillantez del Renacimiento; para Ludwig von Pastor es un hombre de notable inteligencia, pero entrometido en asuntos que no eran de su competencia, como la política. Para Luigi Villari, en cambio, es un héroe en este terreno. En su novela Firenza Thomas Mann lo evoca como un irreductible enemigo. En el popular videojuego Assassins Creed se le representa como el demente gobernante golpista de Florencia que tiene el poder de destruir todo con el Fragmento del Edén.

Luminosidad de la conversación simple

No es un libro pensado para teólogos sino para laicos que desean comprender y vivir el cristianismo, de carácter levemente persuasivo, cuya discursividad remite a la filosofía tomista, en especial a la Suma contra los gentiles y a la Suma teológica, si bien el fraile dominico es más enfático al resaltar que la filosofía no es autosuficiente, como sí lo es una vida cristiana apegada estrictamente a las Sagradas Escrituras. La diferencia entre la perfección de Sócrates y Platón y la de los Santos, nos dice, es que los primeros buscan la gloria del mundo, mientras que los segundos desprecian la vana gloria de los hombres.

No es, como pudiera pensarse, una obra surgida de la pluma de un fanático religioso, aunque este salga a relucir por momentos, sino de un filósofo de formación que ha logrado contraponer esta a sus preceptos teológicos, entregándonos una visión novedosa para su tiempo, controversial para el nuestro, de lo que significa ser cristiano más que católico. Si bien realiza un énfasis inicial respecto a su pertenencia a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, se advierte una nostalgia teocrática por la Iglesia primitiva, impregnada aún por el paganismo (si bien esta presentaba menos restricciones de las que, al fin y al cabo, terminaban siendo violadas en forma indiscriminada por el catolicismo del siglo XVI). La virtud más exaltable por él de los primeros padres es, precisamente, la simplicidad en contraste con la ampulosidad y sofisticación de sus contemporáneos. La rectitud y la simplicidad, está convencido y logra convencer, son virtudes vinculantes, más aún: la una no es posible sin la otra. Tan imposible resulta un santo que no sea «simple de corazón» como un hombre que no sea educable, «no puede ser creído santo por los hombres quien no se presenta externamente con una conversación simple».

La simplicidad a la que hace referencia Savonarola tiene relación con un decreto bíblico, que algunos interpretan como hipérbole, sobre la dificultad –que no imposibilidad–, de que un hombre rico alcance el reino de los Cielos, pero no es, ni remotamente, lo único. Hasta cierto punto, Savonarola hace eco, sin saberlo, a grandes lideres espirituales como Buda o Gandhi que también hablaron sobre las bondades de llevar una vida frugal que, a su vez, permitiera pensar, reflexionar y disfrutar de la naturaleza. La simplicidad interior debe ser compatible con la exterior, que a su vez es incompatible con la superficialidad. Simplicidad es igual a profundidad. La eliminación de lo superfluo despeja el camino para conquistar la auténtica felicidad.

Diatriba contra el renacimiento

La simplicidad de la vida cristiana nos abre una puerta trasera del Renacimiento italiano, reconocido por sus notabilísimos artistas y estadistas. Para Savonarola, sin embargo, son «tiempos lamentables», la época más corrupta y decante desde la epítesis del Imperio Romano, en la que los cristianos reaccionan ante los bienes materiales como los enfermos con la medicina. Corrupción promovida, particularmente, por el papado, responsables de enseñar y motivar virtudes como la modestia y la sencillez. Se trata, pues, de una diatriba contra el Renacimiento y su promiscua efervescencia literaria, filosófica, artística, un mundo irreconciliable con un cristianismo comprometido que Savonarola desea ver de regreso en todos los aspectos de la vida humana.

Por otro lado, explota magistralmente el componente intelectual de la fe en una época en que lo esencial es más invisible que nunca, parafraseando a Antoine de SaintExupéry. La adquisición de la fe no sería posible sin un acto reflexivo y consciente; un esfuerzo intelectual por someter los sentidos a la razón. No existe nada en la filosofía moral que no se encuentre también en la simplicidad de la vida cristiana.

 

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