Desde que me quedé sin dioses – David de Juan Marcos

14 minutos de lectura

Review

Inmigración
9/10
Estilo narrativo
9/10
Argumento
9/10
Experiencia lectora
9/10
Edición
9,5/10
Overall
9.0/10

Desde que me quedé sin dioses – David de Juan Marcos

El relato ficcionado que recoge las vicisitudes de una familia de transterrados sirio/palestinos por Europa en la búsqueda de encontrar su lugar en el mundo.

Valoración usuarios:
4.5/5

Mapa vital con múltiples historias

Ryszard Kapuściński señalaba que es un dislate escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un trozo de vida. Será por esto por lo que David de Juan, autor de Desde que me quedé sin dioses, empapado de información sobre el conflicto palestino, se decidiera a hablar con personas que lo hubieran vivido en carne propia; que conocieran de primera mano la sensación de intemperie, de perderlo todo, de mirarse perdidos en el mundo, orillados a buscar refugios en sociedades años luz distantes a la propia. A lo dicho por el gran periodista polaco, el autor de este libro podría agregar que la literatura es, muchas veces, el mejor medio para aproximarse a la experiencia, mucho más que los tratados históricos, generalmente escritos desde la seguridad de una torre de marfil y unas manos sin cicatrices. Novelas de autores de ascendencia palestina que retornan a la tierra de sus abuelos para recuperar sus raíces, como La cueva del sol, del libanés Elias Khoury (Beirut, 1948), que algunos críticos han comparado, no sin razón, con Las mil y una noches, identificado, por Edward Said como la voz de los exiliados humildes y los refugiados cautivos, donde un hombre en coma es asistido por su hijo espiritual que lo mantiene con vida a través de la narración de múltiples historias que reconstruyen la identidad palestina del enfermo. O el laureado poeta palestino refugiado en Estados Unidos, Mahmud Darwish (Al-Birwa 1941- Houston, 2008), cuyo trabajo poético refiere a Palestina como una metáfora del Edén perdido, del exilio por antonomasia. El autor recuerda, asimismo, una conferencia de la extraordinaria autora nigeriana Chimamanda Ngozi, donde habla sobre la manera en que se percibe a los grupos no dominantes, los estereotipos generados a partir de dicha percepción y la aparición de prejuicios que nos hacen olvidar que somos producto –como en la novela de Khoury– de múltiples historias interrelacionadas.

La pedagogía del padre

Si existe un conflicto bélico/político/religioso/social confuso, ese es el sostenido entre israelíes y palestinos. Exponer los motivos pareciera sencillo y conciso: territorialidad. Unos y otros se consideran dueños legítimos de Jerusalén, lugar sagrado para las tres religiones predominantes, que en la figura del nonagenario Abraham tienen un punto convergente; padre de Isaac y de Ismael, reconocido este como padre de los árabes. Para ponernos en situación: el monte Moirá, donde Abraham recibió el mandato divino de sacrificar a Isaac, su primogénito, rescatado de último momento por un ángel mensajero, fue el lugar elegido para construir el primer templo judío en Jerusalén. En el siglo VII se ubica la presencia de Mahoma, ascendido al cielo a bordo de un caballo alado (buraq) quien desde ahí se prodiga a todos los profetas. Para recordar aquel relato, el noveno califa, Abd al-Malik construye la mezquita conocida como Domo de la Roca sobre las ruinas de dos templos judíos. Con la caída del Imperio Bizantino a manos del Imperio Otomano, en 1453, se adopta la religión musulmana en la región. No será hasta el siglo XX que surja el movimiento sionista con el objetivo de declarar la autonomía territorial de los judíos en todo el mundo. En 1917 el Gobierno británico emite la Declaración Balfour que avala la ocupación de Palestina por parte de los judíos como hogar nacional, no obstante ser territorio todavía ocupado por el Imperio Otomano. En 1948, la ONU reconoce oficialmente al Estado de Israel, lo que ha dado pie a los dolorosos conflictos que se prolongan hasta la actualidad. Y si para los católicos o cristianos no representa mayor problema en manos de quien permanece en Jerusalén, judíos y musulmanes, sí lo tienen, y uno muy grave, desde comienzos del siglo XX, sin que se avizore un término para el conflicto. No uno satisfactorio. Justo, menos aún.

 

El milagro de la empatía

Las historias surgidas de este contexto son numerosas. Algunas de superación, pero incluso estas conllevan una pátina de desdicha y humillación permanentes. En el centro están los occidentales, los que se inclinan por uno u otro bando; los que sencillamente desearían una reconciliación, una solución equitativa. Pudiera decirse que el narrador de esta crónica novelada es neutral, aunque, tras su experiencia directa con una familia de origen sirio/palestino radicada en Suecia, descubre que los musulmanes son víctimas por partida doble, tanto de los judíos como también de los suyos. Encontrarse en el camino con el hijo de un expatriado parecía demasiado afortunado. Que Mahmud, el padre, hijo a su vez de un luchador palestino que se propuso heredarle sus vivencias con la nitidez de un álbum fotográfico, resultara dueño de una extraordinaria empatía que le facilitaba narrar su propia historia con objetividad de historiador, era casi un milagro. Milagro que permite albergar esperanza en que los hermanos trasciendan la frontera emocional, más ardua de superar que la física, y se fusionen al fin en un abrazo. Mahmud no ha querido aprender el idioma de su país de acogida y su hijo lo traduce con lágrimas en los ojos. No culpa a los judíos, también ellos han sufrido, dice. De igual modo han padecido una diáspora de siglos, han deambulado por el mundo como él mismo, luchando por no olvidar su lengua de origen, esperanzados en regresar algún día al verdadero hogar. Las atrocidades que estos pudieron haber cometido, las cometió también la Liga Árabe. Todos se sienten y han sido maltratados, aunque habría que traer de vuelta las palabras de Edward Said: «No puedes continuar victimizando a alguien solo porque tú fuiste víctima también». Y hay judíos que, como Mahmud, desearían que la violencia terminara, si nos atenemos a las declaraciones de los grandes escritores David Grossman o Amos Oz, entre otros. La gran desventaja del pueblo árabe sobre el judío es que nunca han estado tan unidos como estos. Cuando han tratado de recobrar Palestina, no se han preocupado en distinguir entre unos hermanos y otros. La narrativa de Mahmud, por otro lado, celebra el muchas veces subestimado poder de la memoria que, al menos en su caso, despojada de girones felices y desdichas heredadas, no inventa, sino que recrea.

Anti inmigrantes

A veces ocurre que el inmigrante es considerado algo más que un extranjero: una amenaza. Los países del primer mundo, incluso aquellos admirados por su progresismo y su elevada calidad de vida, como Suecia, no son la excepción. Momo, traductor de su padre Mahmud, es un sueco en toda regla, al menos en papel. Pero ante los ojos de la mayoría es un beduino. De otros tantos, potencial terrorista. El efecto de los estereotipos a los que aludía Chamamanda. La experiencia personal del traductor se suma a la de Mahmud y el autor, David de Juan Marcos, no puede dar crédito cuando este joven inofensivo y hasta simpático le dice que en la residencia de ancianos donde trabaja hay algunos que no le permiten que les limpie el culo. Primero se convierten en sacos de mierda y llagas, a la espera de un cuidador sueco de pura cepa, antes que la mano de un árabe los toque. Otros sencillamente están hartos de que tantos inmigrantes lleguen a disfrutar de la prosperidad que hace de Suecia uno de los países con menor índice de desempleo en el mundo, lo que genera agresiones que, no por aisladas, resultan menos dolorosas. Pero uno se acostumbra, parece decir sin expresarlo abiertamente Momo en Desde que me quedé sin dioses, que pareciera llevar la resignación inscrita en los genes y en su frente olivácea; así como la nostalgia, esa herida de lo perdido y la incesante acumulación de ayeres. Carga el rudo peregrinaje a la Meca de su abuelo y la sed del desierto y el golpe de las alambradas de espino que cercan el hogar, repitiéndose constantemente, con cada revés que le da la vida. «(…) la historia de todos los países del mundo se ve ridícula a poco que alejamos el microscopio con el que nos miramos (…)»

 

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