Mi Diego — Alejandro Duchini

11 minutos de lectura

Review

Biografía
9.5/10
Fútbol
9/10
Documentación
9/10
Maradona
9/10
Edición
9,5/10
Overall
9.1/10

Mi Diego — Alejandro Duchini

Este no es otro libro sobre Diego Armando Maradona: es la historia del hombre que, a su modo y sin imaginárselo, determinó y reescribió́ muchas vidas, incluida la del Autor.

Valoración usuarios:
4.5/5

Darle la mano a Dios

Como suele suceder con personajes predestinados para ser mitos, creemos saber mucho sobre Diego Armando Maradona cuando en realidad ni él mismo lo entendía, como si viviera en medio de un sueño con visos de pesadilla del que, claramente, era protagonista, pero no ejecutor. Existe un centenar de biografíasdel futbolista. Cada quien su Maradona. Incluso quienes no miden la real proporción de su estatura en diversos aspectos que nadie asociaría con el fútbol, como por ejemplo el arte, la cultura, la política. Principalmente la política, que sin haberla ejercido ni entendido hizo de él un peón y un producto, como lo expone Gustavo Veiga en su libro Donde manda la patota. Aunque es amado como hombre entero —llamarlo «ser humano» le otorga una vulnerabilidad que nos rehusamos considerar— ha sido una parte concreta de su cuerpo la que ha instaurado una poética, como lo enuncia el título el más reciente el filme del napolitano Paolo Sorrentino, Fue la mano de Dios; mano que parecería diseñar la vida de un joven aficionado al fútbol, no otro que el propio director, quien a través de su veneración por un Maradona-sombra, que juega en el ninguneado Napoli, llega hasta el cine. Un Diego que inspiró al gran César Aira mucho más que la frase que falsamente se le atribuye, surgida de una cuenta apócrifa de twittter. Estampa del amor ampliamente correspondido del jugador a un equipo del populacho al que no quiso abandonar ni por los millones de Berlusconi. Un Diego hecho más de extremos que de claroscuros, como lo retrata en su documental de Diego Maradona el británico Asif Kapadia. «Mi Diego», se lo apropia Alejandro Duchini, y si bien abunda en aspectos biográficos, debidamente contrastados, mucho del valor de su testimonio se centra en su íntima percepción del hombre-mito al que atribuye el más entrañable aspecto de la estrecha relación con su padre. De alguna forma entrelaza momentos clave de su propia vida a la de Diego; fechas concordantes que celebran la victoria de uno y la tragedia de otro, que en el caso del admirador llegan a ser simbióticas, tal es su admiración, su conexión, del todo semejante a la del protagonista de Sorrentino, que termina volviéndose entrañable para el lector menos empático respecto a la afición por el futbol y, en concreto, por el personaje. Nadie ha sabido exponer con mayor elocuencia y lucidez un culto que es todo menos irracional.

Te diegum

Meter un gol con la mano. Convertirse en legenda. ¿En qué radica la hazaña, como no sea una franca dificultad de semejante lance? El «gol anómalo», firma y justicia poética. Diego, se nos dice, estaba apartado años luz de lo convencional. Qué producto podía arrancársele a Villa Fiorito. Cuántos niños no serían quinto entre ocho hermanos, «petisos», casi todos; «negritos» con cabecitas llenas de rulos. Nada grande se espera de los niños nacidos en pesebres, aunque sean simbólicos. Sí acaso perpetuar la miseria, engrosar las filas del crimen organizado. Nada indicaba que Diego escaparía de las imposiciones y los estereotipos, hasta que alguien descubrió que hablaba un lenguaje extranjero, extraterrestre acaso, que solo los balones comprenden. Sus interminables diálogos con este único amigo, no imaginario, no tardó en llamar la atención de uno de esos miles de argentinos que tienen fútbol en la cabeza y a los quince años se convertía en la máxima atracción de un programa de variedades donde sus concentradas rutinas con el balón desplazaron a la música y a las bailarinas con poca ropa. Eran tiempos de dictadura. Por su perfil y escolaridad el «petiso» no representaba ningún interés para los cazas comunistas. El fútbol es otra cosa, este cautiva por igual a militares que a revoltosos, a pobres que a ricos. A los dieciséis el muchachito firmaba su primer contrato importante, que lo obligaba a jugar para todos, incluidos los mafiosos de su barrio que ni locos dejarían pasar la oportunidad de exprimirle hasta su última gota. El joven que con su competencia calificada como «sobrenatural» jugaba lo mismo para los torturadores que requerían estadios a reventar para que la gritería hincha sepultara los gritos de sus torturados, que para una nación mortalmente herida, primero, por su cotidianidad secuestrada y la latencia de morir ante el más estúpido mal entendido; segundo, perder las Malvinas —en las que nadie pensaba antes de eso, pero no dejaban de ser suyas— a manos de los ingleses cuya tecnología bélica expuso lo poquita cosa que en el fondo eran sus monstruos. Más que «mano de Dios» reprodujo a finales del siglo XX la hazaña de David contra Goliat al derrotar —y ridiculizar— al rival invasor en las canchas alzándose con una copa que inyectó optimismo a una nación a la que el futbol le devolvió no solo la identidad. También la dignidad. Argentina, nos dice el autor, es un país raro y Maradona de otro mundo.

¿Sabés qué jugador hubiera sido si no me drogaba?

A Diego se le ha comparado con Dios, pero también con Elvis, equiparación algo menos descabellada que lo mismo alude a milagros profanos que a la dependencia a las drogas. Como Elvis —nos dice el autor sin dejar de traslucir una gran ternura—, Diego paseaba su gordura por el mundo, esforzándose en disimular su decadencia que, hay que decirlo, a sus idólatras poco les importaba. El playboy que, reconocido por él mismo, sufrió abuso sexual infantil. Lo que muchas veces perdió, para luego volverla a atrapar al vuelo, fue su dignidad. Por desgracia para quienes lo aman, Diego no era un ser celeste ni divino, mucho menos tótem: era un ser sumido en el agobio, asediado no solo por sus fans que, literalmente, nunca le permitieron salir a la calle; también por los políticos; por la odiosa mafia que se escurría a sus espaldas como una sombra. El delicado tema de las adicciones no se omite, ni siquiera se suaviza. Imposible no mencionar lo que a fin de cuentas habría de pasarle factura al Todopoderoso, al Inmortal. Como declara Julio Alberto Casas, uno de esos pocos amigos reales que sabía que Diego era uno en privado y se transfiguraba ante los paparazzi, «Yo conocí al mejor Diego. Al sensible. Al solidario». Mi Diego, de Alejandro Duchini, es la mejor forma de conocerlo.

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