Sex robot – Maurizio Balistreri

7 minutos de lectura

Review

Ensayo
9/10
Tecnología
8.5/10
Erotismo
9/10
Sociología
9/10
Edición
9,5/10
Overall
8.9/10

Sex robot – Maurizio Balistreri

Sex robot – Maurizio Balistreri, un ensayo sobre la implementación de los robots programados para cohabitar sexualmente con humanos y ejercer cualquier práctica erótica o terapéutica.

Valoración usuarios:
4.5/5

¿Tienen los androides sueños húmedos?

Sex robot pone en relieve un asunto que no genera aún discusiones globales trascendentes pese a su tan anunciado advenimiento: las vertientes ética y moral en torno a la convivencia y/o utilización de robots programados para incorporarse a nuestras funciones más íntimas. Múltiples obras artísticas han conjeturado respecto a la posibilidad de que las máquinas asimilen emociones humanas, desde ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick, y más recientemente la novela Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro, situada, como gran parte de las obras relacionadas con el tema, en un presente relativizado. Destaca la paulatina humanización de un robot programado para ser niñera y acompañante, además de cederle la voz narrativa que refleja sus «deficiencias» en tanto máquina. La película Ex machina, a su vez, recalca la capacidad de los robots para asimilar actitudes y expresiones humanas lo bastante sofisticadas para establecer un vínculo empático con su interlocutor, de modo que hiciera viable la posibilidad de lo que humana y moralmente sería calificado como «traición», así como otras tantas consideraciones recreadas en la serie Westworld, donde «humanoides» son sometidos a toda clase de vejaciones. La desarrolladora nipona Konami, por su lado, ha lanzado el videojuego LovePlus que despierta en los jugadores sentimientos de amor y compromiso hacia los avatares. Aunque en términos generales el autor se muestra optimista ante esta vertiente robótica, cuyo génesis tiene más que ver con los programas inteligentes que con los muñecos inflables, explora las más diversas alternativas aplicables a una tecnología de estas características, brindando voz tanto a simpatizantes como a detractores, abriendo puertas a los más variados paraísos artificiales y distópicos, pero también a soluciones a circunstancias que, de momento, afectan en particular a mujeres, niños y discapacitados. El futuro es aquí, es ahora, y es inexorablemente perfectible.

Objeto sexual, ética transhumana

Vivimos un momento en que conceptos como «ciencia ficción», «remoto» o «especular» han perdido el impacto de hace algunos años. Cualquier cosa es posible, solo hace falta echarle un vistazo al ensayo de Balistreri, Sex robot, para corroborarlo. Por eso, cuando nos dicen que falta mucho para que se desarrollen máquinas humanoides, incluso máquinas-humanas que podrían experimentar emociones y no simplemente ejecutarlas, entendemos que es cuestión de un puñado de años, en cualquier momento, a la vuelta de la esquina. Existen ya compañías establecidas y especializadas en desarrollar lo que se ha dado en llamar lovotics. Obligado es, pues, reflexionar sobre las relaciones interpersonales para definir exactamente qué buscamos en los robots; qué pueden prodigarnos que otro humano no sería capaz, por la razón que sea; hasta qué punto el robot llegaría a reemplazar óptimamente la compañía o asistencia humana. Como señala el filósofo de las relaciones transhumanas, Michael Hauskeller, los cuerpos humanos no son sino «robots enmascarados» para aquellos que ven en otros un simple medio o instrumento de placer, aunque la mayoría tendemos a antropoformizar a las máquinas, lo que nos lleva a atribuirles nuestras propias capacidades y emociones y, por ende, crear vínculos empáticos.

Una moral robótica

Visto desde esta perspectiva, sería de gran pertinencia proyectar elementos éticos en la fabricación y ejecución de los «robots del amor», cosa que, como se argumenta en Sex robot, no garantiza en lo absoluto que dicha tecnología no vaya a ser mal aplicada. Podría la popularización de este tipo de robots dar pie a fetichismos, no tan nuevos ni tan raros, como una forma de agalmatofilia (atracción sexual por estatuas o maniquís) o el pigmalionismo. Todo es posible y viable, incluso programar robots que desarrollen discernimiento moral o espiritual, como en la antes citada novela de Ishiguro, y por tanto, como en las novelas más arriesgadas de Asimov –Las bóvedas de acero, y el inquebrantable investigador R. Daneel Olivaw, compañero del detective humano Elijah Baley– lleguen a caminar entre nosotros, confundiéndose y hasta sobrepasándonos en razón de autoridad.

La imaginación es el límite.

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